Martes, 18 de agosto
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Todos somos todos/Por Claudio García

Ponencia del periodista y escritor viedmense Claudio García en el marco de la Feria Internacional del Libro que se desarrolló en Comodoro Rivadavia, Chubut,.

Ponencia del periodista y escritor viedmense Claudio García en el marco de la Feria Internacional del Libro que se desarrolló en Comodoro Rivadavia, Chubut, con la participación de más de 130 escritores y artistas de la región y el país:

“Todos somos Todos” es el lema de esta feria. Rubén Gómez ya explicó que aunque parezca “una perogrullada que se le ocurrió a algún trasnochado”, no lo es. Hizo referencia a una escritora patagónica que en la edición anterior dijo esto como reconocimiento a que por primera vez sentía que le daban un espacio a ella y a todos los escritores patagónicos sin diferencias con los llamados “grandes” y las principales atracciones.

De allí que Rubén señaló que “Todos somos todos” es “el sentimiento genuino de inclusión, pertenencia y equidad”.

1.- ¿Qué sugiere el “Todos somos todos”? Por supuesto que está esto de la inclusión, la igualdad y lo colectivo, y llevado al campo teórico de la cultura,  la diversidad cultural, el multiculturalismo. Con lo cual intentaré reflexionar en este sentido, ligándolo finalmente a la palabra, a la lectura y la escritura, esto que nos define a la mayoría de lo que estamos participando de esta feria.

Cuando se habla de multiculturalismo el concepto no es claro, sobre todo porque hay otros convergentes como el de interculturalidad, pluralismo cultural o diversidad cultural. Hace poco tiempo abordó este tema en Viedma, mi ciudad, María Luisa Femenías, que es una reconocida filósofa argentina, investigadora y escritora, y además reconocida feminista, pionera en los estudios de género. Y ella decía que en términos generales el problema para definir el multiculturalismo no está en multi, que ya sabemos que es pluralidad, sino en cultura. Y es verdad, ya hace años el argentino Néstor García Canclini señaló en uno de sus libros que se han recopilado unas 300 maneras de definirla. Hasta el siglo XIX la cultura tiene más o menos la impronta de la elite, es decir, se piensa en una noción estratificada y recién en el siglo XX  se va allanando, se va democratizando.

Está la vieja definición antropológica que identifica a la cultura con la totalidad de la vida social, pero también se ha definido a la cultura como instrumento para que cada grupo organice su identidad, con la salvedad, que en algunos casos se reivindica la posibilidad de ser influenciado o abastecido de repertorios culturales diferentes y en otros casos se la rechaza.

Adolfo Colombres sostiene que el hombre en comunidad construye el significado de su mundo. Trabajar para la cultura es trabajar para la interpretación del sentido del mundo, para uno y para todos los que me rodean. La posmodernidad borra los significados al poner a todas las culturas en un mismo plano. Ha creado una sociedad de individuos aislados, que sólo se conectan en transacciones económicas, mercantiles y que todo, desde la amistad hasta el amor y la solidaridad mutua se han ido diluyendo.

En este marco, otros autores definen a la cultura como dramatización o representación de los conflictos sociales, es decir, estamos hablando de luchas por el poder, disimuladas y encubiertas

Recuerdo que en un congreso nacional de cultura en la época del kirchnerismo, cuando a diferencia del presente actual donde como en los 90 transitamos nuevamente el neoliberalismo, se promovían espacios de debate cultural, en paralelo a una cuestión clave de la democratización cultural como fue la discusión de la nueva ley de medios, se dijo que en  términos prácticos la cultura debe ser una herramienta indispensable para la integración y transformación social; debe generar  inclusión social y fortalecer los procesos democráticos, y debe atender  las distintas identidades y expresiones culturales que conforman nuestra Nación,  con un marcado carácter federal, que incluya a los pueblos originarios y que promueva la participación plena de sus destinatarios.

Al definir en términos generales qué es multiculturalismo, Femenías dijo en su charla que mencioné en Viedma que, además de multi como pluralidad,  vamos a entender cultura como aquello que todos tenemos y en lo cual estamos inmersos, que tiene que ver con los modos de vida a los cuales estamos acostumbrados, en el que nos hemos criado, que conforman nuestro sentido común, y la grilla de la cual miramos, construimos, pensamos y describimos el mundo que nos rodea, que consideramos a la vez que es el mundo que hay.

Con este marco, lo que me interesa más allá de esta introducción y dirigiéndonos a aquello de “Todos somos todos”, es preguntarnos si hay o no valores o conceptos universales que exceden cada cultura. En principio yo creo que sí hay ciertos valores universales y por lo tanto hay límites que exceden las categorías de cada cultura. Con la posmodernidad se impuso mucho esto de que no hay verdades, sino que todas son relativas, con lo cual no se puede hablar de conceptos o valores universales. Esto de las verdades relativas va de la mano también con aquello de “No existen los hechos, sólo existen interpretaciones”, famosa frase de Nietzche, en la que se basa gran parte del andamiaje téorico de Foucault. Si no hay hechos “objetivos” no existe nada irrefutable ni verdadero de una vez y para siempre.

Cuando Foucault establece la verdad como lucha de interpretaciones, está diciendo que la verdad es la que establece el poder. Las “verdades” que suelen imponer aquí y en el mundo los grandes medios comunicación, entrelazados con el poder económico, se producen porque tienen “poder comunicacional” para hacerlo, son dueños de miles de bocas comunicacionales a través de las cuales imponen su interpretación de la realidad.

En una entrevista que Página 12 le hizo a José Pablo Feinmann hace ya un tiempo hay una reflexión muy interesante respecto a esta relación hechos/interpretaciones: “Las versiones de la Historia son muchas y siempre van a estar chocando (…) no hay hechos, hay interpretaciones. Hay que decir ante todo que hay interpretaciones porque hay hechos, pero después vienen las interpretaciones de los hechos…”. La importancia de la frase de Feinmann es que si hay “hechos” hay “verdades”, verdades que siguen vigentes y por las que, entre otras cosas, uno puede reivindicar experiencias colectivas, experiencias  que por ejemplo significaron avances para los sectores populares y por las que uno puede pelear para recuperarlas o para defenderlas.

Lo de circunscribir todo a “verdades relativas” se ha impuesto especialmente en la clase política, esto de decir que las cosas en que creo son “verdades relativas” que “compiten” en el marco del juego democrático con las otras “verdades relativas” de mis adversarios. No. Más allá que es necesario dar la pelea sobre las “interpretaciones” que se imponen en el campo de lo simbólico, sigo creyendo en apotegmas o sentencias “modernistas” si se quiere, las que también sustentaron en su momento todo el andamiaje teórico y filosófico de las corrientes de izquierda. Creo que hay “hechos” y creo que hay “verdades” lisas y llanas, sustentadas en la historia, en la praxis del hombre. Creo, por ejemplo, que la igualdad es mejor que la desigualdad y que la falta de prejuicios y la tolerancia es mejor que el racismo y la discriminación. Sigo creyendo en la fertilidad del campo de las ideologías y que por eso hay derecha e izquierda. Y creer en verdades que hay que  seguir defendiendo implica decir que éstas tienen un valor universal y por lo tanto, volviendo al eje de esta ponencia o charla, plantea límites a las categorías de cada cultura.

Femenías planteó esto en Viedma luego de desarrollar el concepto de multiculturalismo. Lo dijo con el ejemplo del concepto de derechos humanos, que algunos lo cuestionan por su origen occidental, la revolución francesa, pero que para ella es universal. Para Femenías el concepto de derechos humanos –que no es menor para nuestra historia, donde hay una praxis vinculada a los hechos del terrorismo de Estado en la dictadura, con las madres y las abuelas como vanguardia y que se hizo política de Estado con el kirchnerismo- es un límite vinculado al tema de la multiculturalidad.

¿Qué se hace entonces cuando por ejemplo el concepto de derechos humanos entra en conflicto con las características de algunas culturas que deberíamos respetar y aceptar como son? Femenías mencionó un ejemplo de nuestro país en el norte: iniciación sexual después de la cosecha, generalmente del pimiento, con miembros del propio grupo familiar, por lo general. Hay muchísimos embarazos en niñas de 12, 13 y 14 años. ¿Qué hacemos se preguntó? Porque ha habido casos y fallos donde ha habido alegación de identidad cultural. Una legisladora rionegrina que conozco cuenta también que tuvo interrogantes de este tipo  cuando viajó a Chiapas, México. Obviamente estaba la identificación con la lucha de Chiapas, con el ejército zapatista, la reivindicación de los derechos indígenas, contra las injusticias del estado mexicano y el capitalismo, etc. etc., pero allí se encontró con una realidad cultural similar a lo que pasa con los Wichis en el norte, la iniciación sexual de las niñas por abuso de un mayor, generalmente del propio grupo familiar.

Hay otros ejemplos, extremos en algunos casos, como con lo que en Europa llaman mutilación sexual femenina, que se practica en muchos pueblos de África, pero  también en  ciertos grupos amazónicos, y otros quizás superficialmente menores pero que se dan como prácticas culturales contrarias a programas de salud obligatorios tendientes a la inmunizar a la población sobre ciertas enfermedades.  Â¿Qué hacemos con esos casos? ¿Digo que es identidad cultural y lo dejo correr o digo no, porque esto viola o la identidad física o la sexual o la de salud?

Para resumir, en esto de la multiculturalidad hay quienes defienden las posiciones por las cuales que ninguna cultura debe ser intervenida porque se trataría de una colonización, no territorial, sino mental, de criterios y escalas de valores. Y están los que consideramos que hay límites, que ciertas cosas están mal. Entonces el tema es cómo se interviene para no inferiorizar, para no ponerse en aquella postura típicamente occidental colonizadora del otro, para no repetir aquello que señaló Foucault, que siempre se termina ejerciendo poder sobre ciertos cuerpos.

Y aquí llegamos a la palabra, porque precisamente en democracia muchas experiencias, sobre todo en los últimos años en encuentros con pueblos originarios o con grupos con identidad cultural o social, se trabajaron muchos de estos temas dando la palabra, porque dar la palabra es una forma de obligar a generar un relato de sí y es una forma de obligar a ver en las propias palabras.

“Empezar a ponerle palabras a situaciones que no tenían palabras, porque estaban naturalizadas, es comenzar  a desarmar un sistema a partir de quiénes son directos partícipes, varones y mujeres, de ese sistema desde dentro” (Femenías).

Miren entonces como al reflexionar sobre multiculturalismo, vinculado a ese espíritu que tiene el lema “Todos somos todos”, llegamos a la importancia del espacio de la palabra para que, entre otras cosas, ciertas voces que no tienen cabida la tengan y que las voces de todas las personas narren en primera persona.

2.- Y en esto de la palabra hablemos primero de la lectura, que sólo en apariencia suele ser una práctica individual, también es un acto colectivo, ya que nos introduce en una comunidad, en una región o en un pueblo, nos da pertenencia. El libro es otra cosa. “Una inequívoca muestra de salud mental”, dijo Fernando Savater, pero también un amigo que nos acompañará siempre. Para quienes amamos la lectura, una vida sin libros sería un error, parafraseando a Nietszche. Nos identificamos con aquello que dijo Jean Paul Sartre: "Yo había encontrado mi religión: nada me parecía más importante que un libro. En la biblioteca veía un templo".

Parece innecesario pero hay que decirlo, los libros hacen pensar, emocionan, conmueven, alegran, generan, en fin, distintos sentimientos. Como dijo Sthepen King nos ofrecen consuelo y refugio: "La buena literatura, las buenas historias, son el detonante de la imaginación, y creo que el propósito de la imaginación es ofrecernos consuelo y refugio a partir de situaciones y momentos que de lo contrario hubieran resultado insoportables".

Las cosas que nos acercan a la felicidad o a la sensación de plenitud generalmente suelen ser inmateriales y no necesitan justificación. La lectura entra en esta sentencia. Kafka escribió alguna vez que el hombre vive justificándose ante una serie de tribunales inferiores y superiores. Por ejemplo, el tribunal familiar, todas esas cosas que uno hace y dice para tener un juicio “favorable” de los afectos cercanos o para no dañar esas relaciones con las que convivimos a diario. Otro tribunal es el del trabajo, las “justificaciones” diarias que uno debe hacer para no afectar ese medio que nos permite “ganarnos el pan”. Esa cruda sensación que tenía el escritor de que muchas veces las horas de su trabajo le robaban “un trozo de su carne”.

Pero por sobre todas las justificaciones, había algo en lo que Kafka no sentía que se justificaba. Y eso era la lectura y la escritura. Que en los escritores es inseparable. Se escribe porque también se lee. Para Kafka, como para King, una vida en la que solo hay que “justificarse” sería insoportable. Kafka mencionaba ese contraste: “…en mí todo está preparado para un trabajo poético (la lectura y sobre todo la escritura) y semejante trabajo sería para mí una solución celestial y una verdadera manera de cobrar vida, mientras que aquí en la oficina, por un miserable legajo, tengo que robarle un trozo de su carne a un cuerpo capaz de semejante felicidad”. Deténganse un poco en el peso de esa frase. Kafka como escritor –y como lector, hay que leer los diarios de Kafka que explicitaban que el ideal de su vida pasaba por estas dos cosas y a las que no dudaba sacrificar incluso toda relación personal y afectiva- acercaba su cuerpo a la “felicidad”, Kafka como empleado, sentía que le desgarraban ese mismo cuerpo.

Y en esto de “Todos somos todos” habría que señalar que la lectura suele ser ese refugio o aprendizaje para encarar la praxis, para perseguir fines colectivos, como lo han demostrado  grandes revolucionarios que han sido grandes lectores.

Por ejemplo, para el Che Guevara la lectura fue un refugio aún en los momentos más álgidos de la lucha revolucionaria, aunque a veces lo vivía como una debilidad, como lo señaló Ricardo Piglia en su libro “El último lector”.

“Mis dos debilidades fundamentales: el tabaco y la lectura”, escribió el Che  en su diario de la guerra en el Congo.

Creo incluso que sin una cosa no podía haber sido la otra, sin el hábito de la lectura no hubiera sido revolucionario. Fue un gran hombre, uno de los pocos que nos mostraba la diferencia “entre lo que es y lo que puede ser un hombre”, como señaló Fernádez Retamar, y sin dudas el Che-lector fue inescindible del Che-praxis, el Che-revolucionario. No es casual que esa integralidad que admiro esté simbolizada en una reproducción de una foto que tengo de él en un cuadro: acostado en un catre en una miserable casucha en una pausa de la lucha en Sierra Maestra leyendo un libro de Goethe.

Piglia menciona también otra foto: “Guevara en Bolivia, subido a un árbol, leyendo, en medio de la desolación y la experiencia terrible de la guerrilla perseguida”.

Un compañero en la guerra de liberación en Cuba –señala también Piglia- decía del Che: “Lector infatigable, abría un libro cuando hacíamos un alto mientras que todos nosotros, muertos de cansancio, cerrábamos los ojos y tratábamos de dormir”.

Un guerrillero necesita estar liviano, sin mucha carga, porque la característica de su lucha es la movilidad. El Che, sin embargo, nunca se desprendió de los libros. Esto lo mencioné en un cuento que escribí que, en gran medida, es un homenaje al Che y que se llama “El guardiacárcel guevarista”. Allí escribo en una parte: “…por su coherencia en llevar a la praxis lo que pregonaba, y por su moral intachable en la lucha, que lo diferenciaba de las características que luego tomarían muchos grupos de guerrilla rural o urbana, casi ningún militante de la izquierda podía dejar de sentir simpatía con el Che. Por eso también, a pesar de las diferencias, todas las corrientes queríamos un poco apropiarnos de su figura, de su prestigio. Recuerdo que se comentaba que al momento de su muerte en la escuelita de La Higuera en Bolivia, el Che llevaba en su mochila un libro. Cada corriente de la izquierda adjudicaba la autoría del libro a su referente ideológico. Por ejemplo, nosotros decíamos que se trataba de La Revolución Permanente de Trotski, y los chinófilos El Libro Rojo de Mao… (de hecho en los manuscritos del Che en Bolivia, que se guardan en el Banco Central de ese país, hay transcriptos citas de los dos) ”. Y sí, cuando es detenido en Ñancahuazu, lo único que conserva –ha perdido todo, hasta sus zapatos, recuerda Piglia-, es un portafolio de cuero, que tiene atado al cinturón, en un costado derecho, donde guarda su diario de campaña y uno o más libros.

Otro revolucionario, León Trotsky,  vivió, como el Che, esa tensión entre la praxis y la lectura y escritura. Más lector y con mayor amplitud que Lenín –sin entrar en el juzgamiento de sus actos estrictamente políticos-, podemos señalar que fue más prolífico en sus escritos, sin que eso afectara una trayectoria incomparable en la acción; allí está su impresionante “Historia de la revolución rusa”, que sobre esa etapa no tiene equivalente, pero hay innumerables escritos sobre temas diversos, como la literatura –el panfleto escrito con André Breton donde propugna junto a la economía planificada el anarquismo o la más amplia libertad para la creación literaria o cultural-, el psiconálisis, la historia y la filosofía. Por algo Trotsky confesó, en “Mi vida”, que no hay nada mejor que una pluma bien afilada para poder comunicar a los demás el pensamiento propio, lamentándose que la acción revolucionaria le impidiera leer, escribir y estudiar metódicamente.

Otros revolucionarios tuvieron esa característica, Gramnsci, por ejemplo, leyendo en la cárcel “un libro por día” o cualquier cosa que, sorteando la censura fascista, le caía en las manos. O Rosa Luxemburgo confesando que se sentía mejor en un jardín leyendo que en un congreso del partido.

Nuestro Sarmiento también –más allá todos sus claroscuros- fue un ejemplo de praxis y pensamiento, de praxis y lectura, de praxis y escritura. En su “Diario de Gastos”, escrito en sus viajes por Europa entre 1845 y 1847 –un registro detallado de lo que gastaba, donde no ocultó ni siquiera el costo de una ‘orgía’, figuran necesariamente libros, papeles y plumas.

.3.- Con este mismo contexto de la palabra y el lema de la feria voy a marcar otra cosa. Me gustó esto de “Todos somos todos”, en el sentido explicado por Rubén Gómez, porque se diferencia de aquellos encuentros en que en vez de hablar de inclusión se hacía mucho hincapié en identidad. Creo que aquellos que peinamos canas hemos transitado por muchas reuniones donde se enfatiza demasiado sobre lo de la identidad asociado a la Patagonia. Y debo decir que esta palabra identidad me incomoda.  No porque no crea que se necesita cierta identidad, por ejemplo, una identidad nacional o una identidad latinoamericana, en el sentido de recuperar ciertos hechos de nuestro pasado histórico, el ejemplo y la conducta de ciertas personas o manifestaciones culturales y luchas de nuestro pueblo necesarias como acicate para construir un mejor futuro. Y en este sentido, sólo en este sentido, está bien que hablemos de recuperar identidad porque en general el poder, las clases dominantes, suelen imponer una historia y una educación que oculta o niega esos elementos revulsivos, que pueden empujar a que colectivamente cambiemos algunas cosas que no nos gustan. Pero también prima un concepto si se quiere metafísico de la identidad, por el cual la escritura no sería obra de autores individuales, sino que los escritores seríamos instrumentos de algo así como una entidad superior que sería la región, la región patagónica, o la Patagonia a secas. Y el contenido de esa identidad sería incluso de una región o una Patagonia sesgada, sin ciudades, sin nada urbano. Una Patagonia exclusivamente rural,  incontaminada de modernidad, telúrica. Un ejemplo de esto es que  cuando se habla de literatura patagónica  en un diario o una revista, sobre todo de la Ciudad de Buenos Aires, o cuando se edita una antología de literatura patagónica, se eligen cuentos o poemas con un contenido de historias que casi siempre transcurren en un contexto de meseta, de coirones y ovejas, etc. Y por supuesto que no tengo nada contra este tipo de literatura. Un escritor por ejemplo de acá de la Línea o que vive en plena meseta, aislado, en un pueblito rural o de montaña, está bien, si quiere, que escriba sobre lo que conoce, sobre su medio. También por aquello de ‘pinta tu aldea y serás universal’ como aconsejó León Tolstoy.  Pero también hay que decir que la mayoría de la población patagónica se concentra en ciudades, algunas muy grandes, de más de  100 mil habitantes, entonces el paisaje y las preocupaciones pueden ser tranquilamente urbanas. Y la obra de un escritor de esas grandes ciudades puede estar caracterizada por contenidos  muy alejados del estereotipo de escritor patagónico que se suele difundir. Y así y todo ese escritor será igualmente un escritor patagónico. Y aquí llego al concepto de inclusión que sugiere el “Todos somos todos” que a diferencia del de identidad encierra en principio algo más firme y posible. En principio lo bueno de proteger cierto grado de pertenencia. Que escritores individuales, diferentes, que tienen sus propias búsquedas, que pueden tener distintos puntos de vista, distintos orígenes sociales o ser parte de clases sociales distintas, que  defienden o sostienen distintas ideas o ideologías, etc., crean y sientan que más allá de sus diferencias tienen lazos comunes con otras personas que conviven en un mismo territorio. Y que por convivir en un mismo territorio tenemos muchas cosas que nos acercan. Como me dijo la amiga Liliana Campazzo cuando hablamos un poco de lo que podría hablar en esta ponencia, una “polifonía” de escritores con distintas obras,  la concurrencia de varias voces, de distintos personajes, situaciones o descripciones, en una misma escena como sería esta Patagonia en que vivimos.  O como dijo Aliaga en un ensayo, construir literatura en la Patagonia sobre la riqueza de la ambigüedad y la pluralidad de las culturas. Que es bueno entonces que de alguna manera busquemos lazos de inclusión, de hermandad si se quiere, sin que por eso esto pase por imponer un determinado tipo de literatura.

 

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