Hay muchísimos libros y films que reflejan la idea que las máquinas pueden terminar rebelándose contra el hombre. Freud decía en “El malestar de la cultura” que el hombre es un Dios con prótesis y esa prótesis es la técnica. Con esa prótesis domina todo, porque el hombre quiere dominar, se extravía en el dominio de las cosas. Y puede perder el control; de hecho ya hay claras muestras de que pierde el control, porque “la ciencia no piensa”, como filosofaba Hiddegger.

Así el trabajo de un pacifista como Einstein termina en las bombas nucleares que pueden destruir el mundo -la teoría de la relatividad fue la base para fabricar la bomba atómica-. Así millones de industrias que revolucionaron el mundo, gracias a la técnica, que permitieron a tantas naciones ser “desarrolladas”, dando una mejor calidad de vida a sus habitantes, han provocado todo este cambio climático que derrite los polos y que prepara, para muchos, un cataclismo sin antecedentes, un apocalipsis ambiental que puede destruir a gran parte de la humanidad.

Uno de los primeros libros que planteó esto de la ciencia rebelándose contra el hombre está en el libro “Frankenstein” de Mary Shelley. Allí la criatura creada por el Dr.Frankenstein –bajo el concepto de que la ciencia puede vencer a la muerte- escapa del control de su creador. Isaac Asimov en "Yo, robot" –que como otros libros del género será popularizado por el cine- muestra a robots rebelándose contra los hombres, a pesar de las famosas tres leyes creadas también por ese autor que supuestamente permitían siempre el control sobre esas máquinas de forma humana. En esa gran película de Kubrick "2001. Odisea del espacio" se muestran los riesgos de transferir todo el poder a las máquinas, en ese caso, el poderoso ordenador HAL 9000, que domina la nave y dirige la misión hacia el planeta Júpiter, y que cuando se lo quiere desconectar se rebela y decide eliminar a los tripulantes. En Terminator, una película de James Cameron, se lleva al paroxismo esa idea. Se traslada el control a las máquinas y éstas deciden sublevarse contra el hombre y aniquilarlo. En el film Matrix, ya no sólo está esa idea de máquinas aplicando la ‘solución final’ contra el hombre, sino también la vida del hombre como una gran simulación organizada por las computadoras.

De hecho la aparición de las computadoras y su rápido desarrollo han potenciado las fantasías en este sentido. Muchos recuerdan los millones y millones de dólares que se gastaron para controlar la falla informática denominada Y2K que se iba a producir en la medianoche del 31 de diciembre de 1999. Como las computadoras marcaban los años en códigos de dos dígitos, se temía que en vez de interpretar el 1 de enero del nuevo milenio como del 2000 lo harían como el 1 de enero de 1900. Lo que más se temía, en este mundo dominado por el capital bancario, es que justamente colapsara el sistema financiero. Finalmente no pasó nada, pero el “miedo” generado en este sentido significó que se gastara una friolera estimada en 300 mil millones de dólares. A pesar de estos miedos cada vez más se traslada el control de actividades esenciales para la vida del hombre a las computadoras. Y las naciones que están a la vanguardia de la militarización, sobre todo Estados Unidos que tiene la “responsabilidad” de ser un gendarme mundial, trasladan el control de las armas a máquinas computarizadas o robots. Ya se fabrican drones armados –sin forma humanoide- que tienen la capacidad de diferenciar un hombre de cualquier otra cosa. Como un “terminator” que con algunas instrucciones puede diferenciar su blanco –¿un terrorista árabe quizás?- de cualquier otra cosa, incluso “del movimiento de las ramas de un árbol”, según la fuente de esta noticia.  

Pero volviendo a la “rebelión de las máquinas” (así se denominó el tercer film de Terminator) en la literatura y el cine, uno de mis autores preferidos en terror y ciencia ficción, Stephen King –el más prolífico e imaginativo escritor contemporáneo-, ha escrito varios libros con esta temática. Incluso escribió y dirigió un film que si bien tenía como título original “Maximum Overdrive” fue comercializado para los países de habla hispana precisamente como “La rebelión de las máquinas”. En esa película las máquinas -a partir de la influencia de un misterioso cometa- toman vida, empiezan a actuar por su cuenta, como si tuvieran conciencia, y deciden atacar al hombre. Antes, John Carpenter –un director desparejo, autor de grandes joyas del cine (como La Cosa), pero también de films muy inferiores- hizo una de las mejores películas basadas en libros de King: “Christine”. Un auto que no sólo toma vida, sino que encarna al mal, y que convierte a un adolescente “perdedor”, Arnie, –sin atractivos físicos, al que agreden sus compañeros y dominan sus padres- en un “ganador”. Con el trasfondo “bíblico” que suelen tener los libros del norteamericano, el vender el alma al diablo, al mal, tiene su costo, y por supuesto Arnie no termina bien. Hay muchos libros de King en que el mal se encarna en una cosa, en un hotel como en “El Resplandor”, en una nave espacial como en “Los Tommyknockers”, en un cuarto de hotel como en “1408” o en un celular –en realidad en millones de celulares- en “Cells”. Lo que tiene de original “Christine” es que el auto es además una metáfora sexual. En parte refleja que para los jóvenes yanquis en la década del 50 tener un auto era necesario para tener éxito con las chicas. Pero también “Christine” –por algo ese nombre- es una mujer sumamente celosa, que se adueña en cuerpo y alma de Arnie. Arnie hace el amor con su auto, se hace hombre, pero no eyacula semen para llegar al placer, eyacula sangre. Hoy tranquilamente King podría escribir algo similar de una computadora –hogareña, notebooks, celus…-, símbolo del control que puede tener una cosa sobre el hombre y símbolo también de por donde andan muchos caminos del sexo y la solidaridad en este nuevo milenio. Verdaderas relaciones humanas reemplazadas por relaciones virtuales.

Y en esto del rebote “destructor” de las máquinas, los latinoamericanos tenemos quizás el primer antecedente “literario” del mundo. Está en el Popol Vuh, aquel libro prehispánico que reúne leyendas de los Quichés, un reino de la civilización Maya al sur de Guatemala. Ni en la Biblia ni en otro libro religioso, que plantea toda una cosmogonía del hombre, hay antecedentes de este planteo de un eventual exterminio del hombre por las cosas como en Capítulo III del Popol Vuh. Lo mencionó con admiración Alejo Carpentier en un artículo publicado en 1952 en el diario El Nacional de Venezuela. Para el escritor cubano –ya fallecido- el Popol Vuh revela un universo poético “únicamente comparable, por su jerarquía, a los mundos de hesíodo, de la Biblia, del Ramayana”. Sin dudas es “el libro indígena más importante de América", como dijo Ermilo Abreu Gómez (1895-1971). Para Carpentier el Capítulo II del Popol Vuh “es la intuición del maquinismo y de la rebelión de las máquinas contra el hombre; la inversión del mito prometeico, su rebote destructor, que está representado ya en estos tiempos por el invento y uso de la bomba atómica”.

En ese libro sagrado de los Quichés “se asiste al exterminio de la humanidad por una sublevación de las cosas, enseres, objetos, animales domesticados, construcciones –máquinas todas, por cuanto significan la culminación de una civilización material- que el hombre ha creado”, según escribió Carpentier.

Reproducimos algunos tramos de ese capítulo del Popol Vuh:

“Llegaron entonces los animales pequeños, los animales grandes y los palos y las piedras les golpearon las caras a los hombres. Y se pusieron todos a hablar: sus tinajas, sus comales, sus platos, sus ollas, sus perros, sus piedras de moler; todos se levantaron y les golpearon las caras… Moleremos y reduciremos a polvo vuestras carnes, les dijeron sus piedras de moler… Y sus comales, sus ollas, les hablaron así: Dolor y sufrimientos nos causaban. Nuestra boca y nuestras caras estaban tiznadas; siempre estábamos puestos sobre el fuego, y nos quemaban como si no sintiéramos dolor. Ahora los quemaremos –dijeron sus ollas, y todos les destrozaron las caras. Las piedras del hogar, que estaban amontonadas, se arrojaron directamente, desde el fuego contra sus cabezas, para hacerlos sufrir… A toda prisa corrían desesperados los hombres; querían subirse sobre sus casas y las casas se caían y los arrojaban al suelo, querían subirse a los árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos; querían entrar en las cavernas, y las cavernas los rechazaban…”. (APP)

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