“El lobo†y otros cuentos cortos/Por Claudio GarcÃa
Me despierto sobresaltado a las 3 de la madrugada...
Me despierto sobresaltado a las 3 de la madrugada. Queda como único rastro de la pesadilla la imagen de un lobo resoplando cerca de uno de mis oÃdos. Me asquea pensar –aunque sea en un lugar alejado de la vigilia- que puedo ser alimento para el estómago de una bestia salvaje.
Cierro los ojos y trato de tranquilizarme. Vuelvo a dormir, esperando que esta vez abrace un sueño agradable.
A las 5 sin embargo me vuelvo a despertar sobresaltado. En la conciencia atrapo como única imagen otra vez el mismo lobo de la pesadilla anterior, esta vez con sus colmillos hundidos en mi cuello.
Tienen razón los que dicen que la paciencia del lobo es infinita.
VENGANZA
De antemano sabÃa la malacara que pondrÃa mi jefe. Cada dÃa de trabajo era igual. Yo era muy competente. Su mano derecha. Pero nunca agradecÃa mis esfuerzos.
Siempre me trataba como si fuera un torpe cadete.
Nunca me rebelé a esta situación porque necesitaba el trabajo. Pero tenÃa mi pequeña venganza que reconfortaba en aquellos momentos en que mi jefe parecÃa se esmeraba en ser quejoso.
Yo era el último en irse de la oficina, asà que antes de hacerlo entraba en el baño del jefe, me masturbaba, y limpiaba el semen con la pequeña toalla que colgaba al lado del lavamanos.
EL BASTÓN DEL BORRACHÃN
El viejo era uno de los borrachines del pueblo. Pero algo lo diferenciaba de otros borrachines. Andaba siempre con un bastón que permitÃa a cualquier observador diferenciar su embriaguez de los cortos lapsos de sobriedad.
Cuando el viejo no bebÃa usaba el bastón como un juguete y no como ayuda para poder caminar. Daba la impresión que en lugar de un bastón llevaba en su mano una espada con la que derrotaba a enemigos imaginarios a medida que caminaba. O un largo pincel con el que dibujaba en el aire.
Cuando se sumergÃa en el alcohol, el bastón era un bastón. Absolutamente necesario para que pudiera llegar a algún sitio.
Desgraciadamente ese bastón se convirtió en el arma que le produjo la muerte. Una noche otro borrachÃn lo provocó a pelear y en medio de la refriega le hurtó el bastón y se lo partió en la cabeza, llevándolo a la inconsciencia y al final.
Como el bastón quedó partido en dos, un tercer borrachÃn amigo lo usó para hacer la cruz que coronó su tumba.
BIENVENIDOS
Llegué al pueblo y, aunque no conocÃa a nadie, saludé a todos los que deambulaban por las calles. Mi gesto no fue correspondido y, sin darme tiempo a nada, sujetaron a mi cuello, con una larga cuerda, una enorme piedra que no me dejaba mover. No podÃa marcharme del pueblo que, evidentemente, detestaba mi presencia.
Las personas pasaban a mi lado y miraban con fastidio, diciendo con la mirada: -porqué no se va del pueblo de una buena vez. Yo querÃa explicarles: -quiten esta piedra y me iré de inmediato. Pero, no me hacÃan caso, y gesticulaban como diciendo que lo tenÃa merecido.
Pasaron dos dÃas y la situación no podÃa ser más absurda. Nada cambiaba y en cualquier momento morirÃa de hambre y de sed.
Desesperado, empecé a roer la cuerda que me sujetaba a la piedra, y luego de horas y horas de usar mi dentadura con dolor logré liberarme, llegando al lÃmite de mis fuerzas.
Arrastrándome por las calles pude alejarme de ese maldito lugar y llegar a otro más civilizado. Recuerdo la última imagen del pueblo; un gran cartel con el mensaje: “Bienvenidosâ€.
MI HISTORIA CON LA MUJER CALAMAR
Esta mujer era como un calamar. De su cuerpo esférico salÃan los tentáculos que agotaban mis fuerzas.
Amarnos era terminar sofocado. Llegar al orgasmo con el último aliento.
No pude soportarlo más y una noche, simulando que se trataba de un juego, até sus tentáculos a los extremos de la cama y los separé de su cuerpo con certeros hachazos.
A pesar de todo, ella sobrevivió, y por una razón extraña perdonó la crueldad que habÃa cometido.
Por fin nuestros amores se volvieron lentos y dulces.
UNA CENA INESPERADA
-¿Porqué tardás tanto en traer la cena?- pregunté desde la mesa, mirando hacia a la cocina. Mi mujer se habÃa encerrado allà hacÃa como media hora y no aparecÃa. HabÃa dicho “sentate en la mesa, que preparo una cena en dos patadasâ€. Pero ahora nada. El silencio y la tardanza.
Volvà a preguntar lo mismo, esta vez con más énfasis:
-¡¿Porqué tardás tanto en traer la cena?!
Decidà levantarme para ver qué pasaba. Cuando entré a la cocina encontré un cuadro de lo más inesperado. Mi mujer se encontraba muerta, recostada sobre la cocina y con su cabeza metida en una olla de agua que hervÃa. Primero me pregunté qué raro equilibrio impedÃa que cayera al piso con olla y todo. Después me dije para qué se molestó tanto, sin con un par de huevos me arreglaba.
POSTRE
La familia terminó el almuerzo en el patio, debajo de la parra, y esperó ansiosa el postre. A todos se les iluminaron los ojos cuando la madre trajo de la cocina una gran sandÃa.
-No se apresuren que alcanza para todos– les reprendió anticipadamente.
La madre alzó la sandÃa a la vista de todos, como si fuera a iniciar una ceremonia secreta, y con fuerza golpeó la fruta contra la mesa, partiéndola en muchos pedazos.
-¡Ahà vienen…!- gritó con alborozo uno de los chicos.
En unos pocos minutos, atraÃdos por el aroma, cientos de moscas cubrieron la sandÃa, y casi inmediatamente todos los integrantes de la familia manotearon los insectos para llevárselos a la boca.
-¡Qué rico el postre!- exclamó el padre.
Y todos asintieron, sin dejar de comer.
PODÃA NO HABER SIDO CURA
Después de mucho tiempo de ahorrar limosnas, el cura pudo comprar por fin una cruz con la imagen de Cristo. Puso un gran clavo en la pared y cuando trató de sujetar la cruz, todo se le vino abajo. El clavo no aguantó el peso. Buscó entonces un clavo más grande, pero, al sujetar la cruz, nuevamente se le vino abajo. Puso dos ganchos sobre los maderos y los respectivos clavos en la pared, pensando que distribuyendo asà el peso la cruz quedarÃa firme. Pero la esperanza sólo duro unos segundos: una vez más cayó estrepitosamente al piso. Se hizo entonces de un taladro y unos tornillos. Pensó que asà terminarÃa finalmente con su trabajo. AgradecÃa que a pesar de las dificultades que se le presentaron, habÃa comprado una cruz lo suficientemente sólida como para que no se le dañara las veces en que cayó al piso. Esta vez no fallarÃa. Colocó los tornillos en la pared, y al momento de sujetar la cruz, trepado a una pequeña escalera, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, con cruz y todo.
Se le ocurrió un pensamiento blasfemo: “Si yo hubiera sido el romano al que encargaron crucificar a Cristo, hoy no serÃa curaâ€.
¡NO PUEDE UNO CONFIAR EN LOS ARTISTAS!
La Gioconda, una reproducción que miro, abre la boca. Me asombra que asoma de los labios una lengua sensual, con el extremo curvo. Una lengua pequeña. Como la de una geisha al bostezar. Esa boca me excita. Esa boca hace atractivo un rostro muy famoso pero que nunca habÃa considerado ni cerca de una estética femenina bella.
¿Es todo imaginación? ¿Una alucinación? ¿Resultado de una droga que no recuerdo haber tomado?
No sé.
De pronto La Gioconda vuelva a ser La Gioconda. Una copia del original, sin la boca que se abre. Sin mostrar un interior sensual.
Esa noche sueño. Sueño ya no con una reproducción de La Gioconda, sino con la mujer real que posó para Leonardo. Pero esta vez posando para mÃ, que pinto su retrato. Terminada la pintura, igual a la que pintó Leonardo, la mujer abre su boca, sonrÃe de veras, no como en ese supuesto asomo de sonrisa que muchos dicen muestra el cuadro verdadero. Y veo claramente su lengua sensual. Y me excita y me acerco y la beso y ella responde a mis estÃmulos. Y se excita también y terminamos haciendo el amor.
Apenas terminamos, agitados y desnudos en el piso, entra de golpe en el estudio el mismÃsimo Leonardo, quien exclama:
-¡No puede uno confiar de los artistas!
OLVIDO
Estaba dormido y de pronto entró el verdugo. Sin contemplaciones cerró mi sueño, cercenando tu recuerdo. El de la única mujer a la que amé. Al despertar me sentà como con ligereza en el cuerpo. Casi como drogado, feliz sin saber el por qué. De allà en más sólo una vez me pregunté:
-¿Amor mÃo, dónde estás?
Pero como no supe a quién me referÃa, agarré esa pregunta y la colgué de un clavo en la pared.

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