Me despierto sobresaltado a las 3 de la madrugada. Queda como único rastro de la pesadilla la imagen de un lobo resoplando cerca de uno de mis oídos. Me asquea pensar –aunque sea en un lugar alejado de la vigilia- que puedo ser alimento para el estómago de una bestia salvaje.

Cierro los ojos y trato de tranquilizarme. Vuelvo a dormir, esperando que esta vez abrace un sueño agradable.

A las 5 sin embargo me vuelvo a despertar sobresaltado. En la conciencia atrapo como única imagen otra vez el mismo lobo de la pesadilla anterior, esta vez con sus colmillos hundidos en mi cuello.

Tienen razón los que dicen que la paciencia del lobo es infinita.

VENGANZA

De antemano sabía la malacara que pondría mi jefe. Cada día de trabajo era igual. Yo era muy competente. Su mano derecha. Pero nunca agradecía mis esfuerzos.

Siempre me trataba como si fuera un torpe cadete.

Nunca me rebelé a esta situación porque necesitaba el trabajo. Pero tenía mi pequeña venganza que reconfortaba en aquellos momentos en que mi jefe parecía se esmeraba en ser quejoso.

Yo era el último en irse de la oficina, así que antes de hacerlo entraba en el baño del jefe, me masturbaba, y limpiaba el semen con la pequeña toalla que colgaba al lado del lavamanos.

EL BASTÓN DEL BORRACHÍN

El viejo era uno de los borrachines del pueblo. Pero algo lo diferenciaba de otros borrachines. Andaba siempre con un bastón que permitía a cualquier observador diferenciar su embriaguez de los cortos lapsos de sobriedad.

Cuando el viejo no bebía usaba el bastón como un juguete y no como ayuda para poder caminar. Daba la impresión que en lugar de un bastón llevaba en su mano una espada con la que derrotaba a enemigos imaginarios a medida que caminaba. O un largo pincel con el que dibujaba en el aire.

Cuando se sumergía en el alcohol, el bastón era un bastón. Absolutamente necesario para que pudiera llegar a algún sitio.

Desgraciadamente ese bastón se convirtió en el arma que le produjo la muerte. Una noche  otro borrachín lo provocó a pelear y en medio de la refriega le hurtó el bastón y se lo partió en la cabeza, llevándolo a la inconsciencia y al final.

Como el bastón quedó partido en dos, un tercer borrachín amigo lo usó para hacer la cruz que coronó su tumba.

BIENVENIDOS

Llegué al pueblo y, aunque no conocía a nadie, saludé a todos los que deambulaban por las calles. Mi gesto no fue correspondido y, sin darme tiempo a nada, sujetaron a mi cuello, con una larga cuerda,  una enorme piedra que no me dejaba mover. No podía marcharme del pueblo que, evidentemente, detestaba mi presencia.

Las personas pasaban a mi lado y miraban con fastidio, diciendo con la mirada: -porqué no se va del pueblo de una buena vez. Yo quería explicarles: -quiten esta piedra y me iré de inmediato. Pero, no me hacían caso, y gesticulaban como diciendo que lo tenía merecido.

Pasaron dos días y la situación no podía ser más absurda. Nada cambiaba y en cualquier momento moriría de hambre y de sed.

Desesperado, empecé a roer la cuerda que me sujetaba a la piedra, y luego de horas y horas de usar mi dentadura con dolor logré liberarme, llegando al límite de mis fuerzas.

Arrastrándome por las calles pude alejarme de ese maldito lugar y llegar a otro más civilizado. Recuerdo la última imagen del pueblo;  un gran cartel con el mensaje: “Bienvenidos”.

MI HISTORIA CON LA MUJER CALAMAR

Esta mujer era como un calamar. De su cuerpo esférico salían los tentáculos que agotaban mis fuerzas.

Amarnos era terminar sofocado. Llegar al orgasmo con el último aliento.

No pude soportarlo más y una noche, simulando que se trataba de un juego, até sus tentáculos a los extremos de la cama y los separé de su cuerpo con certeros hachazos.

A pesar de todo, ella sobrevivió, y por una razón extraña perdonó la crueldad que había cometido.

Por fin nuestros amores se volvieron lentos y dulces.

UNA CENA INESPERADA

-¿Porqué tardás tanto en traer la cena?- pregunté desde la mesa, mirando hacia a la cocina. Mi mujer se había encerrado allí hacía como media hora y no aparecía. Había dicho “sentate en la mesa, que preparo una cena en dos patadas”. Pero ahora nada. El silencio y la tardanza.

Volví a preguntar lo mismo, esta vez con más énfasis:

-¡¿Porqué tardás tanto en traer la cena?!

Decidí levantarme para ver qué pasaba. Cuando entré a la cocina encontré un cuadro de lo más inesperado. Mi mujer se encontraba muerta, recostada sobre la cocina y con su cabeza metida en una olla de agua que hervía. Primero me pregunté qué raro equilibrio impedía que cayera al piso con olla y todo. Después me dije para qué se molestó tanto, sin con un par de huevos me arreglaba.

POSTRE

La familia terminó el almuerzo en el patio, debajo de la parra, y esperó ansiosa el postre. A todos se les iluminaron los ojos cuando la madre trajo de la cocina una gran sandía.

-No se apresuren que alcanza para todos– les reprendió anticipadamente.

La madre alzó la sandía a la vista de todos, como si fuera a iniciar una ceremonia secreta, y con fuerza golpeó la fruta contra la mesa, partiéndola en muchos pedazos.

-¡Ahí vienen…!- gritó con alborozo uno de los chicos.

En unos pocos minutos, atraídos por el aroma, cientos de moscas cubrieron la sandía, y casi inmediatamente todos los integrantes de la familia manotearon los insectos para llevárselos a la boca.

-¡Qué rico el postre!- exclamó el padre.

Y todos asintieron, sin dejar de comer.

PODÍA NO HABER SIDO CURA

Después de mucho tiempo de ahorrar limosnas, el cura pudo comprar por fin una cruz con la imagen de Cristo. Puso un gran clavo en la pared y cuando trató de sujetar la cruz,  todo se le vino abajo. El clavo no aguantó el peso. Buscó entonces un clavo más grande, pero, al sujetar la cruz, nuevamente se le vino abajo. Puso dos ganchos sobre los maderos y los respectivos clavos en la pared, pensando que distribuyendo así el peso la cruz quedaría firme. Pero la esperanza sólo duro unos segundos: una vez más  cayó estrepitosamente al piso. Se hizo entonces de un taladro y unos tornillos. Pensó que así terminaría finalmente con su trabajo. Agradecía que a pesar de las dificultades que se le presentaron, había comprado una cruz lo suficientemente sólida como para que no se le dañara las veces en que cayó al piso. Esta vez no fallaría. Colocó los tornillos en la pared, y al momento de sujetar la cruz, trepado a una pequeña escalera, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, con cruz y todo.

Se le ocurrió un pensamiento blasfemo: “Si yo hubiera sido el romano al que encargaron crucificar a Cristo, hoy no sería cura”.

¡NO PUEDE UNO CONFIAR EN LOS ARTISTAS!

La Gioconda, una reproducción que miro, abre la boca. Me asombra que asoma de los labios una lengua sensual, con el extremo curvo. Una lengua pequeña. Como la de una geisha al bostezar. Esa boca me excita. Esa boca hace atractivo un rostro muy famoso pero que nunca había considerado ni cerca de una estética femenina bella.

¿Es todo imaginación? ¿Una alucinación? ¿Resultado de una droga que no recuerdo haber tomado?

No sé.

De pronto La Gioconda vuelva a ser La Gioconda. Una copia del original, sin la boca que se abre. Sin mostrar un interior sensual.

Esa noche sueño. Sueño ya no con una reproducción de La Gioconda, sino con la mujer real que posó para Leonardo. Pero esta vez posando para mí, que pinto su retrato. Terminada la pintura, igual a la que pintó Leonardo, la mujer abre su boca, sonríe de veras, no como en ese supuesto asomo de sonrisa que muchos dicen muestra el cuadro verdadero. Y veo claramente su lengua sensual.  Y me excita y me acerco y la beso y ella responde a mis estímulos. Y se excita también y terminamos haciendo el amor.

Apenas terminamos, agitados y desnudos en el piso, entra de golpe en el estudio el mismísimo Leonardo, quien exclama:

-¡No puede uno confiar de los artistas!

OLVIDO

Estaba dormido y de pronto entró el verdugo. Sin contemplaciones cerró mi sueño, cercenando tu recuerdo. El de la única mujer a la que amé. Al despertar me sentí como con ligereza en el cuerpo. Casi como drogado, feliz sin saber el por qué. De allí en más sólo una vez me pregunté:

-¿Amor mío, dónde estás?

Pero como no supe a quién me refería, agarré esa pregunta y la colgué de un clavo en la pared.

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