He admirado desde siempre al escritor cordobés –hombre de tres siglos- don Juan Filloy, que tanto influyó, siendo un escritor de culto y para colmo del interior, en tantos escritores argentinos como Borges y Cortázar.

Inventor de palíndromos (palabras o frases que se pueden leer de atrás para adelante y viceversa) tituló a todos sus libros con palabras de siete letras: “Estafen”, “Karcino”, “La Potra”, “Op-Oloop” y tantos otros de amena lectura una vez que uno descubre sus claves.

Dejó para la posteridad sus ingeniosos palíndromos. Por ejemplo hablando del ex presidente riojano se lo puede leer al derecho y al revés: “Allí tápase Menem esa patilla”. Y oros más amorosamente rescatados: “Salta Lenín el atlas”, “Dábale arroz a la zorra el abad”, “Sí lo sé Solís”, “Amigo no gima”, entre muchos otros.

Descubridor de muchas palabras capicúas como: “ajena”, “ramal” y así hasta el infinito.

Pero lo verdaderamente sorprendente en Filloy es su crítica a los locuaces que desde los medios y en la vida cotidiana hablan hasta por los codos, se enardecen, se gritan y polemizan en los paneles hasta el hartazgo: periodistas, políticos, gremialistas, predicadores y debemos decirlo gente de a pie.

En su “Balada del hombre hermético” escribió: “Por autocrítica callo siempre los vocablos que no promueven  ningún beneficio, y omito los argumentos que solamente causan trepidación gregaria y actitudes mancas. Mi conciencia de candado clausura los portales de la facundia para que no lastimen ninguna privacidad. Con cenizas de argumentos esparcidas revelo el paso intruso de oradores y bufones”.

Y ante tanto desatino colectivo de palabrerías huecas, exaltadas y fuera de tono se sinceró: “No me gusta la cháchara de la gente; la verborrea filosófica, el charlatanismo de los políticos ni la garrulería de las ferias. Odio el rumor milenario que viene desde el fondo del tiempo envuelto en conversaciones. Su caudalosa fluencia de palabras irresponsables todavía nos ensordece y estupidece”.

“Abomino las controversias que estallan por doquiera, y las polémicas que encienden vociferadores y gesticuladores. Son agonistas del interés y de la emoción, actores venales que medran en teatros infames, en donde la única prosapia decente es la del tetragonista que no habla”.

Hastiado del dislate y de la vehemencia termino su balada escribiendo: “Huyo de las ágoras retóricas, simposios sofistas, y tribunas especiosas. Pontificar, discutir, comportan procesos anormales que embarullan la correctas comprensión de las cosas: la recta conducta, la recta verdad, la recta voz, la recta pureza y la recta soledad”.

Tal vez Filloy como el Barón de Montaigne se recluyó en su silencio cordobés como éste en su castillo –el de los hombres selectos- al decir de Nietzsche.

Recomiendo para pasar buenos momentos y descubrir lo encriptado de sus palabras leer a don Juan Filloy, un ejemplo de escritor y de ser humano.

 

Noticia Anterior

Se encara una solución de fondo a la preservación de la documentación del Archivo Histórico Provincial

Noticia Siguiente

BARILOCHE