Ãvalos de Cultura entregó a Claudio GarcÃa parte de la edición de su novela “Mensajeroâ€, seleccionada y editada por el FER
El secretario de Cultura de RÃo Negro, Ariel Ãvalos, entregó dÃas atrás al periodista y escritor Claudio GarcÃa la totalidad de la edición que le corresponde de su novela “Mensajeroâ€.
El secretario de Cultura de RÃo Negro, Ariel Ãvalos, entregó dÃas atrás al periodista y escritor Claudio GarcÃa la totalidad de la edición que le corresponde de su novela “Mensajeroâ€, seleccionada en el concurso de Novela Corta que realizó el Fondo Editorial Rionegrino (FER) a fines del 2016.
Del encuentro participó el titular del FER, Daniel Welschinger, quien acordó con GarcÃa una próxima presentación formal del libro en Viedma y posteriormente y a lo largo del año en otras ciudades, como parte de la difusión de la obra de los escritores rionegrinos.
Ãvalos se interiorizó de la trayectoria del autor viedmense, que ya cuenta con varios libros editados en distintos géneros, y conversó con GarcÃa con otros temas vinculados al quehacer cultural. GarcÃa le recordó que en oportunidad de su paso por Legislatura participó activamente como integrante de la Comisión de Cultura de la elaboración de un proyecto de Ley Provincial de Cultura que quedó a las puertas de su sanción, pero luego este proceso de frustró. Además de GarcÃa, habÃan trabajando en esa iniciativa asesores de distintos bloques como Miriam Hall y Liliana Verbeke. El funcionario señaló que están trabajando en este sentido y que tomarán en cuenta, actualizándolo, aquel proyecto.
Claudio GarcÃa ya habÃa presentado su nuevo libro, “Mensajeroâ€, en oportunidad de la última edición de la Fria del Libro en Viedma, pero todavÃa no habÃa culminado la edición completa de la obra. Recién ahora el autor pretende difundir esta novela corta y su obra anterior en distintas ciudades, más allá de la difusión y comercialización que realiza el FER. También se puede comprar “Mensajero†en Viedma en Quijote Libros o contactándose con el autor o el FER.
Claudio GarcÃa agradeció al jurado que destacó los méritos literarios de la obra como para ser editada, integrado por Luisa Peluffo, Diego Reis y Ezequiel Murphy; a Simón Salamida, dibujante y artista plástico de Viedma que hizo las ilustraciones del libro; a Silvana Pérez León que trabajó en la corrección, junto a Daniel Welschinger, titular del FER, que en su carácter de editor hizo aportes también en este sentido, y a Ianina Baffoni, responsable del diseño del libro.
Diego Reis, responsable del prólogo de “Mensajeroâ€, señaló sobre esta obra que: La historia que nos cuenta Claudio GarcÃa en la presente novela Mensajero tiene un marcado ritmo y tono de clásica novela iniciática, refrendada ya desde el epÃgrafe de Máximo Gorki: “Ya no eres ningún niño…â€. La historia (narrada en una estricta primera persona) es la de un joven empleado del Correo que se inicia sexualmente con una mujer mayor, a la cual ha conocido al llevarle un telegrama. El protagonista (del cual ignoramos plenamente el nombre, un acierto por parte del autor) inicia con esta mujer mayor (también innominada) una relación de aprendizaje, de descubrimiento del mundo del sexo, del amor, de esa red compleja y dialéctica de relaciones y pasiones. El narrador, fortÃsimo, es quien sostiene todo el tiempo el relato, que ocurre en un presente continuo. La virtud de Claudio GarcÃa es que este narrador/personaje (homodiegético, en términos técnicos), a pesar de reflexionar constantemente sobre el por qué de sus acciones, más bien parece ser arrastrado por la fuerza de los hechos, como en las novelas picarescas españolas. ¿Qué hay al final de ese camino? ¿EpifanÃa o nihilismo? ¿Decepción o iluminación? El Mensajero nos da su versión preliminar de las cosas: “Hay quienes buscan el bien a través del mal; otros consideran a la vida una farsa; la mayorÃa se traga las cosas como vienen, los hechos y las apariencias, los credos y los mandamientos, los héroes y los fantasmas, hasta el punto en que no se sabe bien qué se engulle.†¿Cuál es el mensaje último, ulterior de Mensajero? Quedará ello en la lectura/interpretación de cada lector.
Claudio GarcÃa es escritor y periodista radicado en Viedma hace más de 30 años. Ha publicado los libros Versos de Primera Intención (EUDEBA-FER 1987), Un Corsario con sus Piernas Quebradas (1995) y Poemas un tanto amigos de una seguidilla de dÃas de lluvia e insomnio-¿Dónde pueden estar mis viejos zapatos?, Mariela y otros poemas (1995). El libro de cuentos La visita del psicólogo y otros cuentos obtuvo la primera mención en el XXI Encuentro Patagónico de Escritores (Puerto Madryn, 1999), con un jurado integrado por Héctor Tizón, Diego Angelino y Liliana Hecker. Un cuento integra la antologÃa de escritores de RÃo Negro De jinetes y soledades, editada por la Biblioteca Nacional, Colección de AntologÃas Literarias de las Provincias, 1998. En el 2009 publicó su libro El guardiacárcel guevarista y otros cuentos por Ediciones El Camarote. A fines del 2013, a través de Vela al Viento Ediciones Patagónicas, el escritor sacó a luz el libro de cuentos Método Morello para no separarse. Distintos poemas y cuentos han sido publicados en revistas y antologÃas.
ASÃ ESCRIBE
“Otro linyera era en cierta medida la contracara de Esteban. Le decÃan ‘Talacasto’, por la marca de vino. Precisamente, uno nunca lo veÃa comer, pero vivÃa tomando vino. Siempre estaba medio chispeado, hablando y moviéndose como en cámara lenta, pero nunca desvariando o por el piso. No era como otros borrachos que por efecto de la bebida se vuelven tan insoportables como sentarse encima de un cactus.
A diferencia de Esteban, ‘Talacasto’ no sabÃa nada de anarquisÂtas, de linyeras por elección, de filosofÃas de vida. No obstante, decÃa cosas que no me parecÃan tan triviales. Recuerdo un puñaÂdo de frases: “La vida es una fatiga que se alivia con vinoâ€, “que el mundo siga girando con sus cosas, que yo sólo me dedico a leer mi corazónâ€, “sin vino uno anda pálido por dentroâ€. Y otra muy misteriosa: “Los lobos despedazan a las ovejas, pero las ovejas sudan aún con frÃoâ€. Quizás esta frase aludÃa a su justificación de la bebida para pasar el invierno. Una vez lo encontré arrebujado contra un ombú sobre la General Paz, en una tarde ventosa de frÃo que calaba hasta los huesos, y le dije: “Por qué no te vas a la estación que acá te vas a morir de frÃoâ€, y él me contestó: “Aunque haga frÃo, el vino te hace sudarâ€.
HabÃa también una linyera que, en cierta medida, era la muÂjer de todos los vagabundos que tenÃan su refugio en la zona de la iglesia San Cayetano. Por el color del pelo, el cuerpo un poco delgado y la voz asemejaba una mujer de mediana edad, pero los años no se le adivinaban en el rostro, casi siempre grasiento, lo que hacÃa resaltar una permanente sonrisa como de satisfacción. VeÃa muchas veces cómo otros linyeras la manoseaban e intenÂtaban, con la torpeza del vino, hacerle un amor que me parecÃa repulsivo, entre los pastos, los cajones y las chapas donde hacÃan campamento en el baldÃo.
En ocasiones yo pasaba caminando o con la bicicleta y ella no sólo me saludaba, sino que me hacÃa indudables invitaciones sexuales, indicando con una mano que me acercara mientras, con la otra, señalaba sus entrepiernas. Yo rehusaba amablemente su generosidad, acelerando mi marcha. A veces me imaginaba acepÂtando: apretaba calurosamente su cuerpo con ropas andrajosas, apoyaba mi cabeza contra su pecho grasoso, compartÃa con mi boca su aliento y su saliva vinosa y, venciendo un nudo amargo en la boca del estómago, aceptaba penetrarla una y otra vez sobre cartones y yuyos, apenas ocultos. Pero inmediatamente me auÂtoimponÃa una muda imploración y un fuerte reproche: fantasear puede traer el deseo y el deseo, la acción. “¿Te imaginás cogiendo con esa linyera que en cierta medida te causa repulsión? Nunca más podrÃas tener sexoâ€, me decÃa.â€
….
“¿Para qué corno sirven las flores? me pregunté. No sabÃa. Pero allà estaba dando un ramo de flores, asumiendo un gesto antiguo que ya nadie practicaba. Quizás la lógica estaba en que nuestro vÃnculo tampoco era muy usual: una mujer mayor ligada a un adolesÂcente. Incluso la relación iba en caÃda, por lo menos de mi lado. Mis sentimientos habÃan cambiado, ya no estaba ese espejismo del sexo descubierto. TenÃa ese cansancio propio del adolescente, de que las cosas conquistadas tienen que hacer lugar a otras. No tenÃa tantas ganas de dejar espacios en los repartos para ir a verla. TenÃa miedo de su creciente actitud posesiva, de percibir que el amor se asentaba sólo de su lado y en mà se volvÃa difuso. Tampoco era amor, sino sobre todo deseo y ya habÃa dictado suficiente cátedra como para que me encontrara eximido.
Recibió las flores y largó esa risa que seguÃa siendo la carta de presentación que más me satisfacÃa. Eran las siete de la tarde, casi de noche, y como otras veces me llenó de besos y manoseos que sumaban a la excitación las cosquillas. SabÃa todo lo que iba a continuar: ir a la cama, hacer el amor. Me iba a hacer luego la merienda, como una madre, y charlarÃamos algunas cosas. Pero todo eso era como un complemento, era secundario. La posesión que querÃa tener progresivamente sobre mà se expresaba en priÂmer lugar en el sexo. Entraba en su casa y ella se transformaba, y en cada visita lo fundamental era coger. Pero sentÃa que sexualmente habÃa quemado una etapa.
Luego de darle las flores tuve un pensamiento morboso: relacioné esa ofrenda con la práctica de muchos de ir al cementerio. Me daba no sé qué pensar en ella como una muerta, sobre todo cuando, al mirarla, sus ojos de mujer sonreÃan desvergonzados. Pero justifiqué la ocurrencia con la muerte indudable de mi amor. Entendà que inconscientemente las flores que habÃa traÃdo tenÃan no el sentido de agraciar sino el de despedir. Es verdad que teÂnÃa dudas sobre cómo enfrentar la situación. Pensé que el talento más grande que debe tener una persona es cómo manejarse con el amor. Y sabÃa que habÃa aprendido mucho sobre mi sexualidad, pero muy poco sobre cómo relacionarme con una mujer, y más con una que me llevaba tantos años. ¿Cómo manejar una despedida? ¿Cómo plantear el adiós?â€.
Muchas personas quizás tienen la cualidad de desprenderse fácilmente de otros, pero yo no podÃa o no sabÃa. Estaba en cierta medida en deuda con esa mujer que me hizo crecer mucho más de lo que uno lo hace naturalmente. TenÃa la secreta esperanza de que se empezara a cansar de mÃ, pero no habÃa ningún atisbo de esto. Por el contrario, todas las situaciones que compartÃamos
reflejaban su posesivo amor.
Coincidió que ese dÃa, sobre la General Paz, habÃa una feria con espectáculos artÃsticos y fuegos artificiales. Aunque me querÃa quedar en su casa no más de una hora, para no llegar tan tarde a la mÃa, luego de darle las flores y hacer el amor me convenció de que subiéramos a la terraza para ver los fuegos artificiales. Nos sentamos en el piso y ella se apretujó contra mi cuerpo con ansias, con todo su ser, y asà juntos, mientras sucedÃan los estallidos de colores en el cielo, hablaba de lo que yo habÃa cambiado su vida, de que le habÃa dado más sentido, que habÃa cubierto la cuota de sexo y compañÃa que necesitaba. Toda una perorata que ya le habÃa escuchado, pero agregó otra cosa. Hasta ese momento nunca habÃamos hablado de religión o de Dios. Si bien tenÃa colgada una cruz en una de las paredes del comedor, indudablemente no era muy religiosa. Sin embargo, aferrada a mi brazo dijo, de pronto:
“Te trajo la providenciaâ€. “¿Qué providencia?â€, le contesté.
“La providencia, tonto, Diosâ€, dijo con énfasis y sonriendo.
Sentà que el resquemor que tenÃa por la religión se entremezclaba con el que ya sentÃa por nuestra relación; que su posesión seguÃa escalando, ahora a nivel mÃstico. Que para ella estaba como predestinado por un supuesto Dios y que algo asà obviamente no debÃa ser perturbado.
Me di cuenta de que si seguÃa esperando para transmitir mis reparos, a medida que pasaran los dÃas iba a ser cada vez más difÃcil hacerlo.
Le dije:
–¿No creés que vos o yo podemos llegar a cambiar nuestros sentimientos?
Se desprendió bruscamente de mi brazo y, mirándome con preocupación, respondió:
–¿No me vas a decir que en tu cabecita estás pensando en dejarme, abandonarme?
–¿Por qué? -le pregunté, a la defensiva.
–Si estuvieras bien conmigo no te cuestionarÃas que lo nuestro pueda cambiar, que yo te pueda dejar de querer o vos a mà -expresó.
RetrocedÃ, por miedo, por inexperiencia y quizás para no lastimarla.
–Fue una pregunta nomás, sin pensar, por hablar algo… –le dije como con culpa. Ella recuperó su sonrisa y me volvió a aferrar el brazo.
Mientras miraba los fuegos artificiales volvà a pensar en las flores; me imaginé arrojando al aire el ramo que le habÃa regalado y que los pétalos de distintos colores, sumándose a los artificios en el cielo, caÃan sobre la gente como si toda la ciudad fuese, por unos momentos, un cementerio.


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